martes, 2 de noviembre de 2010

Lisboa, terra de saudade

por Juan José López

Calle ruinosa I

♫♪Amalia Rodrigues - Gaivota♫♪.

Se ha llamado a Lisboa "terra de saudade", en alusión a un cierto sentimiento portugués de melancolía. Es una sensación que se tiene al llegar a esta ciudad, bella y decadente a la vez. Pero, sobre todo, se siente esa nostalgia al abandonar la ciudad, con tristeza y ganas de volverla a visitar.

El encanto de Lisboa es sutil, poco evidente: tiene sus luces y sus sombras. Nada más llegar llama la atención las fachadas desconchadas, las casas a punto de caerse, las ropas tendidas sobre callejuelas estrechas, la sensación de dejadez condescendiente que trasmiten sus habitantes. Son sombras que constituyen al mismo tiempo la luz de Lisboa, son como las arrugas o las marcas que se quieren y se aman solo en la persona amada, y no en ninguna otra. Son la poderosa personalidad de una ciudad irreductible, construida y reconstruida sobre sí misma.

Lisboa es una ciudad para pasear, para recorrer con calma sus barrios, subir sus cuestas, montarse en los tranvías, asomarse a sus miradores, plazas e iglesias. Describo la visita dividiendo la ciudad en los siguientes paseos:

BAIXA

El centro de Lisboa se identifica con la Baixa, la ciudad baja que fue destruida por un terremoto en 1755 y reconstruida por el ilustrado Marqués de Pombal, con una estructura de calles rectilíneas que unen la Praça de Rossio, la Praça Figueira y la Praça del Comercio.


La Baixa es uno de los barrios más turísticos, aunque no el que encierra el mayor encanto de la ciudad, en mi opinión. Lo más destacado son sus anchurosas y equilibradas plazas, repletas de palomas, como la vasta explanada de la Praça de Comércio, que abre sus alas, como unos brazos, hacia el Tajo.



ALFAMA

La verdadera esencia de Lisboa se encuentra en este barrio morisco y marinero, encaramado por la ladera hasta las alturas del Castelo de San Jorge. Alfama es una auténtica maraña de casas, de callejuelas, de ropa tendida, de patios, de iglesias y de tranvías. En ningún sitio como en Alfama se siente latir el corazón de Lisboa.

A la Alfama se sube a pie o en tranvía. Por el Largo de Sé llegamos pronto a la Catedral de Lisboa, tan cantada en los fados portugueses. Es un edificio de monumentalidad severa, con aspecto de fortaleza, que contrasta con las exquisiteces manuelinas y barrocas de otros edificios de la capital.


Si seguimos la calle junto a la Catedral llegamos al Miradouro de Santa Luzia, donde se disfrutan de magníficas vistas del barrio y del río Tajo. Más adelante, una maraña de callejuelas nos llevan hasta la Iglesia de San Vicente de Fora. Paseando por estas calles, donde el tiempo parece detenerse, se oye el sonido de televisores, se huele los guisados de las vecinas por las ventanas abiertas, llega la brisa de algún fado, se rozan los hombros con alguna camisa o un pantalón tendido, se divisa en una ventana alta a algún lisboeta que fuma y medita pensativo.


Otra ruta sube desde por la Alfama hasta la altura del Castelo, el barrio del antiguo castillo árabe. Allí nos podemos asomar a sus altas murallas, que se encaraman como un nido de águilas sobre la ciudad.


Y al descender de nuevo al centro de la ciudad, si pasáis cerca de la Catedral, nada mejor que un bacalhau en la Tasca de Sé, un pequeño y entrañable restaurante familiar, que os hará sentiros como en casa.


CHIADO Y BAIRRO ALTO

Al otro lado de la Baixa, se alza la colina que sube al Chiado y al Bairro Alto. El Chiado es conocido por el incendio que lo devastó en 1988, y que como el terremoto de 1755, ha servido de ejemplo de la capacidad de esta ciudad de levantarse sobre sus cenizas. En cualquier caso, estos barrios conservan un espíritu inequívocamente lisboeta, con la animación que aportan sus innumerables bares, cafeterías, librerías de viejo, cervecerías o locales de fado.

Al Bairro Alto se puede subir a pie, por la rua Garrett -donde uno se puede hacer una foto con la estatua de Pessoa en la cafetería O Brasileira-, o por las escaleras macánicas de la estación de metro Baixa-Chiado, o por las del centro comercial Almazens de Chiado, o por distintos ascensores y tranvías como el Elevador de Bica, el de la Gloria y el de santa Justa, todos ellos muy pintorescos y fotogénicos.


En el Barrio Alto y el Chiado hay que visitar lugares tan interesantes como el Monasterio del Carmo (una curiosa iglesia con el techo destruido, hoy reconvertida en museo), la iglesia de San Roque (con unos retablos de un barroquismo esplendoroso), o los miradores de Santa Catarina y San Pedro de Alcántara, que ofrecen estupendas estampas panorámicas de Lisboa.


Un lugar que no habría que perderse es la célebre cervecería Trindade, a pesar de que suele estar a todas horas abarrotadísima de gente. No me parecen tan recomendables los espectáculos de fado del barrio, excesivamente caros y pensados para turistas.


BELÉM

El barrio de Bélem se encuentra bastante alejado del centro, pero es una visita obligada por sus destacados monumentos. Para llegar, lo mejor es coger un tranvía en la Praça do Comercio.

El mejor de los monumentos de Bélem -quizá de toda Lisboa- es el esplendoroso Monasterio de los Jerónimos. Se trata de una de obra maestra del estilo gótico manuelino. Destaca su exuberante portada, con sus innumerables figuras y detalles resaltando sobre la piedra blanquísima.


Su interior también es esplendoroso, con altísimas columnas que parecen crecer y expandirse, como palmeras en un inmenso bosque de piedra. Pero acaso la maravilla de los Jerónimos sea su claustro, con sus arcadas labradas como una filigrana escultórica, con el tranquilo rumor de su fuente, que resalta aún más un silencio de siglos. En una de sus galerías, reposan las cenizas del entrañable poeta Fernando Pessoa.


Enfrente del Monasterio, cruzando los jardines del Imperio, se llega al moderno Monumento a los Descubridores, que como una nave ofrece su quilla al río Tajo. Un poco más allá, paseando por los muelles, se llega a la Torre de Belém, otra genialidad manuelina, que también parece un barco atracado sobre las olas del río.


Por último, no os vayáis del barrio de Bélem sin probar los deliciosos pasteis de Belém, que se venden en una tienda decorada con típicos azulejos portugueses.


OTROS PASEOS

Es muy recomendable cruzar el Tajo para divisar la ciudad desde la otra orilla. Se puede tomar un barco trasbordador desde el muelle de Cais de Sodré, hacia el puerto de Cacilhas.
En apenas diez minuto se cruza el río, disfrutando de estupendas vistas de la ciudad, sobre la saguas espumeantes del río. Ya al otro lado, podemos buscar algún restaurante para disfrutar de buen pescado portugués, o -si es la hora del atardecer- disfrutar del espectáculo del sol poniéndose lentamente sobre el Tajo y el puente 25 de abril.


Una Lisboa completamente distinta, la ciudad contemporánea y la futurista, se descubre en el Campo de las Naciones. Los amantes de la arquitectura contemporánea disfrutarán con la Estación de metro y tren diseñada por Santiago Calatrava, los modernos rascacielos, el larguísimo puente Vasco da Gama. Pero la visita más popular en el área es el Oceanográfico de Lisboa, que está considerado como uno de los mejores de Europa.


Estos son algunos recorridos por Lisboa, pero es evidente que la ciudad puede dar mucho más de sí. Como ya dije al principio, es una ciudad que no se agota fácilmente y a la que, con toda seguridad, querréis volver.

Tranvía de Lisboa